jueves, 30 de julio de 2020

Relato - La defensa de Marienburgo [ME - HL]

Muy buenas a todos,

Hoy os traemos una entrada en el blog muy diferente y especial. David y Florián se han marcado un relato de su partida de la liga que enfrentaba los ejércitos de Mercenarios y de Hombres Lagarto. Se han currado una historia que te hace meterte de lleno en la contienda, y que pone en relieve otra de las facetas de este multidisciplinar hobby, que en este caso es la de darle una narrativa a lo sucedido en las batallas, contar una historia con los dados y proporcionarle una identidad, personalidad y trasfondo a tu ejército y a las partidas que juegas con él. Sin más, os dejo con la crónica de su partida en prosa warhammera para vuestro deleite y disfrute ¡¡Hasta la próxima!!

Prólogo

El portal parecía mantenerse firme entre la poblada jungla al este de Hexoatl. La expedición encargada de recuperar la Tablilla Sagrada de Quetzl - que había sido robada por un infame general estaliano décadas atrás - parecía motivada y dispuesta a morir por su cometido. No escaseaban los eslizones, pues el chamán Kroq-Khetón había conseguido reunir a unos cuantos advenedizos de entre los barrios de la gran Ciudad Templo prometiendo venganza contra los  de sangre caliente. El saurio encargado de recuperar la tablilla era Karan-Choa, pues su desove compartía nombre con el Ancestral al que se refería la reliquia, algo que fue visto como buen agüero.
 
Si las previsiones de Mazdamundi eran ciertas, la reliquia se encontraría en una villa alejada de los muros de la ciudad, siendo propiedad de un acaudalado mercante elfo. Contaría con protección, desde luego, e incluso era probable que fueran interceptados por alguna hueste de mercenarios o aliados de la ciudad proveniente del interior de sus muros, pero el gran Cacique confiaba en su terco servidor. Karan-Choa y los suyos habían demostrado valor en el pasado, especialmente contra las incursiones de elfos oscuros provenientes del norte.

Para asegurar la victoria, Mazdamundi decidió tomar un riesgo: enviaría bestias de la jungla para apoyar a la expedición. Esto haría que avanzaran con más lentitud, y que fueran detectados con mayor facilidad, pero también daría consistencia al ejército en el caso de un enfrentamiento directo contra una fuerza superior, algo que el Cacique supuso que acabaría siendo inevitable.
 
Llegó la hora y la hueste cruzó el portal abierto por Mazdamundi. Al otro lado se encontraba un paisaje tan extraño que los eslizones se sentían aterrados; no reconocieron nada que se pareciera a su hogar, y se sentían desnudos sin los caudalosos ríos de su continente, sin la densa jungla o los muros de su ciudad. A pesar de ello, avanzaron. Las bestias, remolonas, tuvieron que ser convencidas a base de gritos y algunos empujones. Los saurios, sin embargo, no hicieron el menor gesto de preocupación. Las cohortes avanzaban sin inmutarse, ya podrían haber aparecido en las mismas fauces de los Reinos del Caos.


Al otro lado del mundo, Mazdamundi escudriñó la tablilla sagrada una última vez. No daba crédito a lo que veían sus ojos: una advertencia sobre la “Ciudad Dorada” en el continente de más allá del mar. Sí, debía de tratarse de una advertencia, y no de un mandato, tal y como sospechó una primera vez.  La Ciudad Dorada tendría que ser Marienburgo, y no Zlatlan como interpretó en un principio.
 
La advertencia era la de dejar dicha urbe en paz, no acercarse a ella bajo ningún concepto. Así parecían mandar los Ancestrales. La Tablilla Sagrada de Quetl, robada no hacía mucho tiempo atrás, tendría que darse por perdida. Mazdamundi no entendía por qué los Ancestrales consentirían que una tablilla tan importante, crucial tal vez para alguna Profecía de cara a las guerras que se avecinaban, tenía que dejarse en manos de los elfos y humanos mezquinos y acaparadores. Sin embargo, el error debía de rectificarse. Tal vez el combate ya había empezado, pero debía de asegurar una retirada limpia. Llamó a su chamán Droguimundi, aquél que había aportado las bestias de guerra para la expedición. Sus lacónicas palabras resonaron en la mente del eslizón antes incluso de que este entrara en el interior de la sala del Templo:

- Ha sido un error. Cruza el portal del Este hacia la Ciudad Dorada. Prepara a la tropa para lo peor y asume el mando de la retirada.

El eslizón Droguimundi, aparentemente confuso, se dirigió hacia el único lugar al que podía referirse su señor. Cruzó hacia el Otro Mundo y se reunió con sus camaradas…


La defensa de Marienburgo

Una vieja pica, o lo que quedaba de ella, presidía el salón de la humilde casa de Maximiliano. Este campesino estaliano era parco en palabras y rudo en sus maneras, sin embargo tenía una debilidad, su enclenque e inquieto nieto.

- ¡Abuelo, abuelo, cuéntame otra vez la batalla contra los lagartos gigantes!.

- Está bien, pero cómete las gachas o te destriparán los saurios – replicó el anciano.

Cuando era joven, hace ya cuarenta o cincuenta primaveras, me apunté para servir en la compañía de piqueros de Ricardo el Orgulloso. Quería salir de esta aldea y conocer mundo, y nada más fácil para ello que alistarme como mercenario. Allí me dieron una armadura desgastada y aquella pica que tanto te gusta. Era el más pequeño de la unidad y sólo me dejaban colocarme en la última fila, allí solía estar a salvo.

Tras un par de años deambulando por el Imperio recibimos una generosa oferta de Marienburgo. Se estaba reclutando un ejército al mando de Brom el codicioso, un general enano renegado con cierto renombre. Al llegar allí encontramos que formaríamos una variopinta hueste: ballesteros tileanos, enanos, ogros, caballeros poco honorables, rufianes de todo pelaje e incluso un pequeño cañón. 

Llevábamos una semana acantonados en el puerto cuando apareció nuestro pagador, el interventor de la ciudad. Se mostró rodeado de su guardia personal, mercenarios elegidos personalmente por él mismo, de relucientes armaduras y afiladas alabardas, y tras ellos andando torpemente, un mago de sombrero picudo y desgastado. Brom nos hizo formar a todos y nos explicó que mañana partíamos a la batalla. Al parecer desde hacía un par de meses se estaban produciendo algunos ataques en la ruta comercial terrestre que comunicaba con Bretonia, y los exploradores traían extraños reportes sobre lagartos que se erguían sobre dos patas.

Cumpliendo lo acordado, el interventor nos pagó la mitad por adelantado y muchos aprovechamos a fondo nuestra última noche en Marienburgo, y algo he de decirte: nunca bebas con un enano. Ya entrada la madrugada acabé por casualidad cerca de la mesa donde el mago fumaba y discutía con Brom. Por lo visto aquellas criaturas ansiaban un tesoro que se escondía en el barrio elfo de Marienburgo, y los comerciantes de orejas picudas habían aportado buena parte de nuestro salario.

Con el amanecer partimos hacia la batalla y en solo tres horas de marcha una patrulla nos avisó de que monstruosas criaturas con escamas se encontraban formando un frente tras la siguiente colina. Allí había animales extraordinarios; dos grandes monstruos, uno armado con una cola con maza y otro con tres amenazadores cuernos, saurios de dos metros de altura a pie y montados en otros lagartos, y una multitud de lagartos más pequeños y escurridizos.


Con el retumbar de los tambores y los gritos estremecedores de aquellas extraordinarias criaturas, comenzó la batalla.

Nosotros confiábamos en nuestro cañón para derribar a esos dos monstruos gigantescos, y su primer disparo alcanzó al monstruo acorazado, pero sólo lo rozó, provocando un rugido de ira en el gigante de la maza. El siguiente disparo fue una gran proeza, puesto que aunque apuntó de nuevo al mismo lagarto y pasó de largo, acabó con numerosos saurios montados que estaban tras la enorme bestia. Su último disparo le dio de lleno al gigante de tres cuernos, dejándolo renqueante.

Nuestra primera unidad que fue al cuerpo a cuerpo se trató de los temerarios caballeros de Toretto. Sufrieron una baja cuando los lagarto más pequeños les dispararon con cerbatanas, pero se repusieron y cargaron sin temor al monstruo acorazado. Todo fue en vano, la durísima piel de la criatura repelió todos los ataques, ni Toretto con su imponente espadón pudo hacerle mella. Sin embargo, Azabache, el salvaje caballo de guerra de Toretto, dio una dentellada en el morro de la bestia. El monstruo se revolvió y atacó con sus fauces y su mortal cola, pero los caballeros pudieron esquivar su acometida.

Los caballeros comenzaban a perder su confianza al ver que un único saurio montado restante y los pequeños lagartos se unían a la refriega. El combate se volvió muy confuso, la carga del saurio desmontó a un caballero, los caballos pisoteaban a aquellas malignas lagartijas y el monstruo acorazado lanzaba ataques con su cola. Al final sólo quedó Toretto en pie, que abrumado inició la retirada, aunque fue cazado de forma inmisericorde por las pequeñas bestezuelas.


Por otra parte, los ballesteros tileanos se apostaron en una colina y disparaban sin cesar al ejército enemigo. Algunos disparos derribaron a los lagartos pequeños, pero eran blancos difíciles. También intentaron acabar con el monstruo acorazado que derrotó a los caballeros de Toretto, pero su piel de nuevo fue impenetrable. En ese momento, aquel monstruo demostró una capacidad asombrosa, en su lomo una gran gema comenzó a brillar de forma muy intensa, cambiando de color a cada momento, hasta que con una gran explosión de luz lanzó un rayo mortal a los ballesteros. Una vez disipado el polvo, quedaban vivos menos de la mitad de la unidad, que acabarían huyendo.

Los ogros tampoco tuvieron mucha fortuna en esta batalla. Al principio avanzaron desafiantes, sin percibir que en una charca cercana brillaban decenas de ojos a ras de agua. Cuando se acercaron lo suficiente, los lagartos más pequeños sacaron medio cuerpo fuera del agua y comenzaron a lanzarles rudimentarias jabalinas. El ogro cabezabruta más cercano se reía ante aquellas diminutas armas, sin embargo algunas habían impactado en él y en apenas un minuto comenzó a tambalearse y cayó inconsciente, ¡eran disparos envenenados!. Entre sus hermanos cundió el pánico y se retiraron. Hicieron algún intento de volver a la batalla a por el caído, pero los lagartos no dejaban de hostigarles y otro ogro se quedó por el camino. Ante este panorama abandonaron la batalla definitivamente.


En el centro el pagador y su escolta se desplegaron junto a los Hachas Rojas de Brom. El general enano no quería perder de vista al pagador y sobre todo al resto de la paga prometida. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que este pagador era inusual y anhelaba el combate. Rudolf llevaba una gran armadura dorada muy pesada, sin embargo se movía con bastante soltura. En un momento de la batalla, el pagador desoyendo a Brom, avanzó en solitario para enfrentarse a la unidad más numerosa de saurios, capitaneada por un lagarto aún más grande y musculoso, de unos dos metros y medio, que rugía órdenes sin cesar.

Al percatarse de que se acercaban aquellos pequeños humanos, los lagartos cargaron furiosamente. Mientras la tropa normal se enzarzaba a dentelladas y zarpazos contra la escolta, el gran jefe saurio mandó al que parecía su segundo a atacar a Rudolf. El saurio blandió una tosca porra para golpearle, pero el pagador desvió su ataque con el escudo, e inmediatamente lanzó un segundo ataque que impactó en la armadura del pagador sin causarle daño alguno. El contraataque de Rudolf fue implacable y acabó con el saurio de un mazazo en la cabeza. Contrariado, el gran jefe lagarto cargó con furia, portando un gran garrote de obsidiana. Rudolf volvió a utilizar el escudo, pero ahora salió despedido por el brutal impacto varios metros. Abatido y con el brazo y varias costillas rotas vio cómo volvía a cargar el terrible enemigo reptiliano, pero su escolta formó una muralla humana para protegerle. Esta guardia personal con gran habilidad logró acabar con varios saurios sin recibir bajas. La moral del enemigo se vino abajo ante la inesperada resistencia humana y emprendieron la huida pese a los rugidos desesperados de su jefe.


Brom miró gratamente sorprendido la escena, pero no era el momento de relajarse. Vio con preocupación como nosotros y algunos rufianes del puerto estábamos solos en el flanco derecho, rodeados de demasiados enemigos, e inició la marcha para apoyarnos. Sin embargo, un terrible enemigo les encaró. El lagarto gigante de los tres cuernos lanzó una embestida brutal a los enanos. Brom esquivó el impacto inicial, pero vio como varios compañeros de armas salieron despedidos para no volver a levantarse. Lleno de cólera, el viejo enano lanzó un hachazo mortal al cuello del monstruo, que ya debilitado por el cañonazo y ahora desangrándose por un profundo tajo, no tardaría en sucumbir.

Nuestro mago miraba toda la batalla desde una posición bastante segura y se esforzaba en contrarrestar a los chamanes del enemigo. El cielo se ennegreció y una repentina y extraña tormenta acompañó buena parte de la batalla. Observamos con asombro como los magos escamosos podían dirigir los rayos de aquella tormenta, y algunos cayeron a los enanos y a nosotros mismos. Horrorizado, vi como varios de mis compañeros de retaguardia fueron fulminados por esta maldición celeste. Céfiro aprovechó esta misma tormenta para redirigir un rayo a la unidad de pequeños lagartos que acabaron con Toretto  para poco después abandonar la batalla tras ver la explosión de luz en la que murieron los ballesteros.

En nuestro flanco derecho los duelistas se esforzaban por contener a los numerosos lagartos, sufriendo disparos de sus cerbatanas. Poco a poco la unidad iba mermando, y la única opción que les quedó fue cargar hacia la unidad de lagartos más cercana. Avanzaron en un torbellino de disparos y espadazos, acabando con muchas de esas molestas lagartijas, que se vieron obligadas a retirarse. Los rufianes iniciaron la persecución masacrando a esas viles criaturas, e incluso a un extraño brujo que les acompañaba.


La carga de los duelistas alivió un poco la presión de los lagartos, pero dejó expuesto nuestro flanco. Nos encontramos rodeados por numerosos enemigos: a nuestra siniestra la unidad que acabó con los ogros se dirigía hacia nosotros, a nuestra diestra otro grupo completamente fresco de lagartos se acercaban amenazantes con sus proyectiles, y para terminar al frente nos encontrábamos con los ejemplares más fuertes y grandes. Esperábamos recibir el envite de estos formidables animales, pero sencillamente frenaron en seco su avance mientras que nos atosigaban los proyectiles. En ese momento la trompeta de nuestro músico tocó una orden que sólo habíamos conocido durante nuestro entrenamiento, la de carga. Nuestro capitán había decidido que si íbamos a morir allí, mejor que fuera ensartando a nuestros enemigos.


Cogimos nuestras picas y las pusimos casi completamente horizontales mientras cargábamos a los saurios. Este ataque completamente irracional les pilló desprevenidos y numerosos lagartos cayeron bajo nuestro empuje. Una breve victoria que precedió a nuestro fin, ya que los pequeños lagartos armados con jabalinas y cerbatanas envenenadas nos rodearon.


En un instante una lluvia de ponzoñosos proyectiles acabó con casi todos nosotros. Ricardo, nuestro capitán, era de los pocos que se mantenía en pie, aunque el veneno poco a poco acababa con sus fuerzas. Entonces me dijo:

-Maximiliano, debes vivir para contar lo que ha sucedido hoy aquí. Coge tu pica y márchate.

Fueron sus últimas palabras antes de derrumbarse. En ese momento miré a mi alrededor. Era el último piquero de la compañía. Los lagartos se acercaron aún más, siseando y gruñendo de manera nerviosa.


Cerré los ojos esperando mi muerte, cuando de repente comenzaron a sonar los tambores y cuernos de los enemigos para, a continuación, cesar todo sonido de batalla. ¡Los lagartos se batían en retirada!

Querido nieto, creo que ese día gasté toda la suerte que me quedaba para el resto de mi vida, así que abandoné la vida de soldado y volví a la aldea. Jamás olvidaré los días de gloria y sangre...


Epílogo

Lo que allí vio el joven y advenedizo eslizón no era alentador: Karan-Choa parecía dispuesto a cargar contra lo que parecía el centro de un ejército enemigo. Droguimundi no llegaría a tiempo para calmar la sed de sangre de un enfurecido saurio cargando. Sabía que la victoria no era posible, así que decidió apoyar al chamán Kroq-Quetón, al que reconoció en un flanco intentado convocar una serie de tormentas, así como a sus auxiliares, que se veían en apuros en el flanco izquierdo contra una serie de forajidos enajenados. Droguimundi no podía dejar - pese a las órdenes concisas de Mazdamundi - que sus compañeros eslizón fueran masacrados.

- “Prepárate para lo peor y asume el mando de la retirada”…

¿No habían sido esas las palabras del más sabio de los Slann? Droguimundi se dirigó hacia sus compañeros eslizón que se encontraban en la cobertura de un lago. Hacia ellos se dirigían unas enormes criaturas, parecidas a los hombres, pero de enorme tamaño y musculatura. Sin embargo, no parecían portar armaduras como sus compañeros de menor tamaño, por lo que los venenos de Lustria dieron buena cuenta de ellos. 
 
Pese a esta pequeña victoria inicial, la batalla en el centro fue un visto y no visto: los soldados enemigos habían cerrado filas y presionaban con la fuerza de mil demonios. Karan-Choa se batía en retirada hacia el portal, de regreso a Lustria. Hexoatl no lo recibiría con cánticos de victoria, pero Mazdamundi no estaría insatisfecho: pues así había sido previsto por los Ancestrales. Su estimado compañero Truku-Truku, un estegadón centenario que el propio Droguimundi había aportado para la batalla, cayó abatido por las hachas de unos enemigos de tamaño ridículo, aunque pertrechados con pesadas armaduras.
 
Los jinetes de gélido habían sido abatidos en el flanco derecho debido a una de las poderosas armas del enemigo.  Tras ello, Droguimundi observó satisfecho como su estimado bastiodón Pim-Pam!, que el mismo había cuidado y alimentado, aguantaba la carga de la caballería enemiga y los impactos de las enormes armas del enemigo, y no solo eso, sino que su poderoso Artilugio Ancestral acababa con las tropas de proyectiles enemigos.  No sería suficiente: con el centro de saurios abatido, los escurridizos eslizones no podrían aguantar al resto de enemigos.
 
Cuando Droguimundi vio como Kroq-Queton, su compañero chamán, caía gravemente herido no lejos de allí, los vientos de la magia de aquel extraño lugar empezaron a decantarse en favor del enemigo. Tal vez por ello el mago de sangre caliente que vociferaba desde el otro lado del campo de batalla se confió y lanzó todas sus energías contra Droguimundi, subestimándolo.
 
El adlátere de Mazdamundi hizo un último esfuerzo descomunal: invocó una tormenta que tendría como objetivo cubrir la retirada del ejército desbocado. El hechicero enemigo, lejos de allí, intentó evitar sus esfuerzos, pero una explosión delató su presencia: había sido demasiado esfuerzo para él, y una disfunción mágica le privó de su poder. Era la oportunidad perfecta para Droguimundi.  Su señor estaría satisfecho. Organizó a todos los eslizones supervivientes en un solo flanco para que hicieran una retirada efectiva. Los dardos y las jabalinas volaban contra los enemigos que más habían osado acercarse: en concreto un regimiento de humanos con lanzas tan altas como kroxigores, sufrieron la peor parte de la lluvia de dardos. Un único superviviente quedaría de toda la unidad, salvado únicamente por la orden definitiva de retirada.

Droguimundi se quedó el último hasta que el último de los seguidores de los Ancestrales hubo cruzado por el portal. Pese a que al menos la mitad de los de sangre fría habían caído aquella tarde fatídica, una tragedia mayor había sido evitada. Karan-Choa, que inexplicablemente había escapado de las alabardas que les persiguieron con fiereza, esperaba gruñendo al otro lado del mundo, con apenas un puñado de supervivientes. Pese a que la derrota había sido prevista, el Escamadura esperaría ansioso una oportunidad para recuperar el honor perdido. Mazdamundi no había dado la orden de cerrar el portal, y es más, Droguimundi aún notaba como su señor canalizaba esfuerzo mágico para mantenerlo abierto. Droguimundi se preguntaba qué pretendía el viejo slann.


¿Cometerían los de sangre caliente la imprudencia de cruzar el portal para adentrarse en Lustria y seguir saciando su sed de oro y sangre?...

2 comentarios:

  1. Muy bueno el relato informe de batalla , diferente a lo que se suele ver , os lo estáis currando mucho , ya tengo ganas de conoceros en persona , bajo al pueblo sólo para escaparme a jugar con vosotros.

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    1. ¡¡Muchas gracias JosefvonBauren!! Nosotros aquí encantados de recibirte y esperamos poder echar una buena jornada de Warhammer, al menos estamos poniendo toda la carne en el asador para que así sea jejeje. Y si se puede, mi idea es preparar mínimo algo así para alguna de tus partidas, que hay que lucir ese peazo de ejército que te has preparado :) ¡¡¡Te esperamos pronto!!!

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